1. EL MARXISMO COMO PRAXIS REVOLUCIONARIA.
La praxis es el proceso dialéctico por el que la teoría, el conocimiento y hasta el pensamiento, para llegar al núcleo del problema, surge de la intervención practica humana y esta totalidad formada por teoría, conocimiento y pensamiento, es a su vez enriquecida luego por la teoría, estableciéndose un continuo en espiral ascendente. Se trata de un proceso permanente e interactivo en el que la mano y el cerebro, por decirlo en su forma esencial, interpenetran continuamente pero en la que, en definitiva e históricamente hablando, es la mano y no el cerebro, la acción y no el verbo, quien dicta en el mismo proceso material de producción de la vida el criterio concreto de verdad. Recordemos que el filósofo griego Anaxagoras (500-428 adne) ya había afirmado que el hombre piensa porque tiene manos, dando forma sintáctica a una corriente de pensamiento materialista primitivo que intuitivamente defendía esa misma tesis. Desde entonces, con altibajos y retrocesos, esta opinión ha estado en abierta confrontación con la contraria, la que sostiene que el origen está en el verbo, en la idea, en dios o en cualquier otra manera de definir el dogma de que la especie humana es secundaria, dependiente y está supeditada no a la Naturaleza objetiva, de la que forma parte constituyente, sino a y de una fuerza exterior, inalcanzable e inaprehensible.
La importancia de esta cuestión radica en que pone al descubierto el tema crucial de saber si la especie humana es capaz o no de transformar y mejorar sus condiciones de vida por ella misma, sin depender de fuerzas extrañas. Si es capaz de hacerlo, puede ocurrir que las limitaciones y problemas que imposibilitan o frenan esa capacidad de autogobierno colectivo sean superados y resueltos mediante la mejora de los métodos, recursos, sistemas y formas de acción social colectiva. Son obstáculos sociales e históricos, materiales, que pueden ser resueltos o no según las circunstancias pero que siempre son susceptibles de intentar ser resueltos por los colectivos afectados y, en general, por la propia especie humana. Pero si ésta no es capaz de lograrlo porque depende ontológicamente de fuerzas externas creadoras, es decir, por su propia supeditación originaria como especie sujeta a la voluntad de una fuerza superior, entonces ha de pedir ayuda a esas fuerzas exteriores. Históricamente, en este segundo caso, las fuerzas decisorias pueden ser de dos tipos, o bien se trata de fuerzas ideales, como dioses o espíritus, o simplemente la Idea, o bien de fuerzas materiales y sociales como una minoría dirigente formada por sabios, una elite o casta o clase de seres especialmente dotados por su extraordinaria inteligencia y dotes de mando y presciencia, etc.
Pero, volviendo a la constatación histórica, desde Confucio (551-478 adne) y desde Platon (427-347 adne), por remitirnos a una época precisa, hasta nuestros días, ambas líneas interpretativas se han fusionado tan estrechamente en la realidad practica que resulta imposible separar los intereses materiales de los sacerdotes que defendían las ideas estrictamente religiosas, de las justificaciones espirituales de las minorías que defendían sus intereses económicos. En la realidad social concreta, desde el surgimiento de las castas económico-sacerdotales y militares del Creciente Fértil y de los iniciales modos tributarios de producción, denominados por Marx modos de producción asiáticos, desde entonces y hasta nuestros días, una minoría dominante se ha atribuido no solo el derecho de mandar a la mayoría, sino también ha sostenido el mito de su superioridad bien por delegación divina, bien por su innata superioridad de cualquier tipo. El desprecio a las masas, al vulgo, al populacho y al proletariado, ha sido una contante en estas minorías.
Por su propia naturaleza, la praxis, o si se quiere, para ser más exactos, la filosofía de la praxis, niega de cuajo esta creencia de superioridad innata de una minoría rectora sobre una mayoría dependiente y tonta, cuando no abúlica. El marxismo, que es la filosofía de la praxis, niega también radicalmente la creencia de una fuerza, espíritu o ser transcendente e inaccesible a la especie humana. En el tema que tratamos, existe coherencia absoluta y necesaria conexión entre ambas negaciones. Una exige la otra y viceversa. Dado que la mano y la acción se imponen a la larga sobre y al cerebro y al verbo, por ello mismo, son cualidades ontológicas comunes y obligatorias a toda la especie humana, y no es propiedad exclusiva de una reducida parte suya. Del mismo modo, dado que es la materialidad de la practica colectiva la que determina la evolución de la conciencia social, por ello mismo, la creencia en seres exteriores está siempre explicada por las contradicciones de las condiciones materiales de existencia. Es el ser social el que determina la conciencia social, y no viceversa. A su vez, en esta compleja dialéctica, la interacción entre la miseria material y el falso consuelo y calor ilusorio de las explicaciones ideales, sean religiosas o de cualquier otro tipo, explica que históricamente muchas masas explotadas hayan visto alternativas a su desesperación en partes de los dogmas religiosos, en las tradiciones y mitos de los paraísos terrenales y edades de oro, épocas pasadas en las que la justicia, la igualdad y la relativa abundancia --medida según las condiciones del contexto--, aseguraban una relativamente suficiente calidad de vida posteriormente rota y, lo que es peor, negada e impedida a la mayoría por la perversidad de la minoría.
La superación de ambas limitaciones nace de la unicidad que la praxis lleva en si misma entre la defensa radical de la capacidad humana para transformar la realidad y la defensa radical de la capacidad humana para conocer ella misma, sin depender de sabidurías externas, los problemas que ha de transformar y superar. Son dos polos de una dialéctica que en su devenir solamente puede entenderse como un proceso totalizador en cuanto praxis humana definida como auto-génesis. Durante la construcción de sí y para sí misma, nuestra especie ha sufrido impresionants derrotas y retrocesos, también estancamientos que le han llevado a la extinción completa de líneas evolutivas enteras, no solo en su larga evolución filogenetica, sino también en su evolución social reciente, en la que sociedades y culturas enteras, también naciones, han desaparecido sin dejar apenas rastros. Sin poder retroceder mucho en la historia, la evolución de la burguesía, por ejemplo, está surcada por una larga lista de fracasos e intentonas fallidas, pero también de traiciones y de pactos con la clase social enemiga, la nobleza, prefiriendo abandonar sus criterios ideológicos e intereses políticos, para salvar sus intereses económicos.
Desde que resurgió la economía dineraria en los siglos XII-XIII, con los primeros balbuceos de una burguesía en formación, hasta que el capitalismo dio sus primeras muestras de poder político en los siglos XV-XVI, en este primer periodo, la burguesía no se caracterizó por defender sus nuevos valores incluso cuando las luchas campesinas y de los artesanos urbanos le dieron bazas para presionar a la nobleza, incluso entonces, prefirió plegarse a las condiciones del mas fuerte. Solamente desde finales el siglo XVI y en contados sitios, como los Países Bajos, esta clase inicio una resistencia creciente al feudalismo, que llegaría a su primer punto álgido en la segunda mitad del siglo XVII. Desde entonces y durante casi un siglo y medio, hasta finales del siglo XVIII, asistimos a otra oleada de heroísmo burgués --siempre empujado por el previo heroísmo de las masas campesinas, artesanales y preproletarias-- que sin embargo se agotó irremisiblemente para mediados del siglo XIX. Desde entonces, exceptuando casos muy aislados, esta clase social ha sido y es esencialmente conservadora y reaccionaria.
Esta muy breve referencia histórica es necesaria para poder evaluar correctamente la formación del socialismo utópico y luego del marxismo. Hablamos de un proceso en el que la praxis de las masas oprimidas es cortada, suspendida, derrotada y hasta hecha retroceder con el refortalecimiento del feudalismo y de su servidumbre inhumana en grandes zonas europeas. En otros sitios, como en Euskal Herria sin ir muy lejos, el capitalismo solamente puede asentarse como modo de producción dominante también en lo político y militar, que no exclusivamente en lo económico, gracias a invasiones de los ejércitos franceses y españoles por este orden cronológico, con la simultanea imposición de lenguas y culturas también extranjeras. La violencia burguesa ha sido una practica imprescindible para asegurar el triunfo histórico del capitalismo sobre las masas trabajadoras y en menor escala sobre el feudalismo. Esta constatación histórica será crucial para entender la diferencia cualitativa entre el marxismo y el socialismo utópico, con todas sus variantes. La razón de la importancia clave de la violencia radica en dos cuestiones como son, una, la necesidad de asegurar la explotación y, dos, la necesidad de generalizar la producción de valor. Ambas nos conducen forzosamente al problema de la plusvalía. Llegamos así al núcleo del marxismo. Núcleo que no se constituyó de un única vez, como una especie de inspiración divina, sino tras un largo proceso de formación inicial, un periodo de síntesis y una ultima fase de enriquecimiento y mejora.
Inicialmente, el marxismo aprendió, en primer lugar y antes que nada de la lucha de clases real, práctica, de las huelgas y de los conflictos sociales que estaban endureciéndose desde el ultimo tercio del siglo XVIII en Gran Bretaña y posteriormente en todo Europa. En segundo lugar, del estudio critico de la dialéctica hegeliana y del grueso de la filosofía alemana, la más desarrollada de su época. En tercer lugar, de la practica política clandestina mantenida durante largos años y del exilio sufrido posteriormente. En cuarto lugar, del estudio sistemático de la economía política inglesa, la más desarrollada de su época. En quinto lugar, del estudio del socialismo político francés, el más desarrollado de su época. En sexto lugar, del estudio analítico de las grandes masas de estadísticas, estudios e investigaciones oficiales del parlamento y de los gobiernos británicos sobre la realidad social del capitalismo mas desarrollado del momento. En séptimo y ultimo lugar, del estudio de los avances más recientes en la etnografía del momento.
A lo largo de estos años, el marxismo en formación siguió al milímetro los avances científicos de todo signo; del mismo modo defendió lo más radical del feminismo obrero y popular, como la obra de Flora Tristán; también estudiaron las cada vez más alarmantes noticias acerca de las primeras consecuencias de la intervención humana y del capitalismo contra la Naturaleza. De estas y otras muchas cosas, como por ejemplo, el hecho de que Marx aun habiendo ideado un plan de seis libros sobre El Capital, solamente pudo editar personalmente el primero, y Engels los dos siguientes, quedando otros tres sin empezar, ambos amigos dejaron abundantes y voluminosos apuntes, algunos de los cuales se han publicado muy recientemente y otros siguen sin conocerse. De todos modos, cuestiones fundamentales como la ética y la estética emergen periódicamente en sus obras como puntas que sobresalen por encima de la mar, porque en la realidad están macizamente presentes en el interior de las obras, bajo su línea de flotación, como los icebergs.
Podemos decir, por tanto, que el marxismo apareció como la síntesis de lo mejor del pensamiento humano occidental. Síntesis realizada tras minuciosas y prolongadas lecturas y estudios analíticos de dichas corrientes, sometiéndolas a la contratación con los hechos sociales y a las comparaciones entre todas ellas. Como resultado, surgió una nueva forma de intervención en la historia humana que bien pronto definió unas diferencias cualitativas insalvables para e irreconciliables con la forma burguesa de interpretar la realidad tal cual esta aparece a simple vista. Las diferencias son estas: una, la critica de la economía política burguesa basada en la explotación, en el máximo beneficio y en la irracionalidad del mercado, critica marxista centrada en la teoría de la plusvalía, en la ley del valor trabajo y en la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio; dos, la critica de la teoría burguesa del Estado y de la democracia capitalista, centrada en la teoría del Estado en auto-extinción, en la necesidad transitoria de la dictadura del proletariado y en la necesidad de acabar con el mercado y la producción de valor para asegurar el triunfo del comunismo; tres, la critica de la metafísica y del idealismo, en cualquiera de sus formas de expresión, realizada desde la dialéctica y el materialismo, y cuatro, la critica de la ética capitalista realizada desde la practica ética del movimiento revolucionario, que anuncia la futura ética socialista y apunta algunos aspectos cruciales de la ética comunista.
Los cuatro puntos característicos del marxismo forman el núcleo de un método general de interpretación científico-critica, el materialismo histórico y dialéctico, de la realidad considerada como una totalidad en permanente movimiento contradictorio. Este método es capaz de integrar, absorber e incluir, enriqueciéndose con ello a sí mismo, lo mejor de todas las corrientes teóricas posteriores, tras haberlas depurado en la medida de lo posible de sus contenidos reaccionarios, pero en bastantes casos no es posible; y sobre todo es capaz de explicar mediante la integración en su teoría central las razones históricas de luchas sociales aparecidas posteriormente al marxismo, o que cobraron importancia más tarde. Así, por ejemplo, las reivindicaciones antipatriarcales, las luchas de liberación étnica y nacional, las luchas ecologistas, las nuevas fracciones y componentes de las clases trabajadoras, los llamados nuevos movimientos sociales, la antipsiquiatría y muchos componentes del psicoanálisis, las innovaciones de las ciencias y las criticas al poder tecnocientífico burgués, y un largo etcétera, encuentran su razón de existencia en las tesis básicas del materialismo histórico.
Desde su aparición como método ya suficientemente coherente, a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, el materialismo histórico ha sido cuestionado y combatido además de con la propaganda y la ideología burguesa, sobre todo prácticamente, con la represión y la contrarrevolución, con las dictaduras y regímenes militares, con intervenciones armadas cortas y/o con prolongadas guerras de exterminio. Originariamente, el cuestionamiento teórico surgió desde dentro del propio movimiento socialista, por parte de sus miembros con menos formación marxista y mucha formación democrático-burguesa, socialista utópica y socialista burocrática, y solamente más tarde por la intelectualidad burguesa. Esta clase tuvo al comienzo más miedo práctico que teórico, porque comprendió que las masas trabajadoras tardaban bastantes años en aprender a utilizar partes del materialismo histórico, y casi siempre bajo las restricciones oportunistas y reformistas impuestas por las direcciones socialdemócratas. Que fueran los intelectuales reformistas los primeros críticos mostraba ya desde entonces la distancia insalvable entre el marxismo y el reformismo, en cualquiera de sus formas de expresión. La burguesía no perdía el tiempo con debates teoricistas, sino que prefería o bien la represión pura y dura, o bien la vía de la integración con medidas sociales, iniciada por Bismarck no sin esfuerzo para convencer a un belicoso capitalismo alemán. Solamente cuando las contradicciones sociales se desarrollaron tal cual las había anunciado teóricamente el marxismo, sólo entonces, la intelectualidad burguesa comenzó a leer a Marx para demostrar sus limitaciones, pero diciendo en voz bien alta que despreciaban al marxismo y que lo estudiaban para combatirlo mejor.
El tenso, complicado y siempre obstruido por el poder burgués –basta leer cualquier biografía de ambos amigos para cerciorarse-- proceso de elaboración del marxismo ha facilitado múltiples maniobras en su contra y, a la vez, han dificultado su fácil comprensión por el movimiento obrero. Una de las virtudes que primeramente fue amputada del marxismo, fue su esencial entronque con la practica revolucionaria en el más estricto sentido de la palabra, es decir, el fundamental aporte critico y de coherencia radical obtenido de la militancia clandestina, del exilio, de los años de pobreza, de la coherencia revolucionaria --por ejemplo, gastar todos los ahorros para comprar armas para los revolucionarios, o enviar pasaportes británicos para falsificarlos en el Estado francés en ayuda de la clandestinidad comunera, o mantener siempre permanentes y necesarios sistemas de seguridad e información para evitar detenciones y contra provocadores, infiltrados, policías, espías, etcétera-- practicada siempre que fuera necesario. Se ha amputado así un componente definitorio y consustancial al marxismo, sin el cual este pierde su esencia de practica radical enfrentada a la explotación capitalista, y queda reducido a una pobre interpretación de la historia. Se ha querido reducir el marxismo a la obra acabada de un personaje curioso y hasta excéntrico como Marx, muy docto pero visionario.
Otra amputación ha consistido en arrancarle su contenido autooganizativo, consejista, sovietista. El marxismo es incomprensible si se olvida o se niega el principio axiomático según el cual la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, o no será. Por el contrario, el marxismo oficial y tenido como único, ha sido reducido a un dogma burocrático y dirigista que desde la altura inaccesible de una cúpula dirigente sabia y docta --se recupera así la escisión entre dirigentes y dirigidos-- dirige e ilumina al pueblo sin consultarle ni tenerle en cuenta. Aunque hay que reconocer que esta corriente era premarxista proveniente del socialismo utópico, y también, desde el lado del lassalleanismo, paralela al marxismo; si bien esto es cierto, no lo es menos que la pequeña y muy poco conocida teoría marxista no pudo detener la influencia de estas y otras corrientes dentro de la socialdemocracia europea y, mas tarde, dentro del stalinismo. Por estas razones, y también por la permanente intervención burguesa en contra, factor que se menosprecia o se niega, el esencial componente autoorganizativo y autogestionario del marxismo fue conocido y defendido por una reducida minoría.
Ahora bien, tampoco podemos olvidar que los propios Marx y Engels presionados por las urgencias del combate teórico tuvieron que sobrevalorar en bastantes obras el componente económico de su teoría en detrimento de una correcta explicación dialéctica de la interacción de factores. Siendo verdad que en todas sus obras histórico-políticas hay una demostración sorprendente de la dialéctica de factores, con predominancia ultima de la infraestructura socioeconómica, no es menos cierto que en muchas obras teóricas se escoraron hacia el economicismo. Los esfuerzos titánicos realizados para recuperar el tiempo perdido, reinstaurar la importancia clave de la dialéctica de factores y mostrar la importancia de lo subjetivo en su interacción con lo objetivo, estos esfuerzos para corregir el escoramiento explícitamente reconocido por la autocrítica de Engels, no pudieron detener la tergiversación del marxismo como determinismo economicista realizada por la socialdemocracia y después por el stalinismo.
Por último, coherente con lo anterior por necesidades internas del stalinismo y de la aceptación del sistema estatal por la socialdemocracia, el marxismo oficial terminó aceptando la razón de Estado, es decir, aceptando el marco y hasta el contenido del Estado capitalista como el lugar obligado de su intervención política. Y allí en donde ese Estado oprimía a otros pueblos, las izquierdas de las naciones oprimidas debían supeditar su proceso de liberación nacional al proceso estatalistas. De este modo, en primer lugar, se negó toda la teoría marxista del Estado; en segundo lugar, la izquierda –por llamarla de algún modo-- se convirtió en defensora de los intereses capitalistas de dicho Estado en el exterior y en el interior y, en tercer lugar, en los Estados que oprimían nacionalmente a otros pueblos, la mayor parte de las izquierdas se convirtieron en defensoras de la opresión nacional de otros pueblos bien directamente, al exigirles la continuidad dentro de su "democracia", bien indirectamente al hacerles esperar a tiempos mejores para recobrar su libertad nacional.
Hace un cuarto de siglo, esta era la imagen mayoritaria que se tenía del marxismo en Europa y en amplios sectores de Euskal Herria. Recordemos, siendo breves, la fuerza y la fama del marxismo estructuralista en los medios intelectuales, así como la práctica reformista del eurocomunismo en cuanto hijo del stalinismo, que seguía teniendo partidos fieles en, por ejemplo, el Estado francés. Este marxismo no se parecía en nada al de Marx y Engels. Este marxismo tan licuado y desnaturalizado, iba a ser puesto a prueba en tres crisis tremendas, cosechando tres fracasos definitivos que lo llevaron a su extinción. Vamos a analizar esa desaparición práctica y teórica, y el proceso de recuperación de otro marxismo, ahora ya continuador del de hace siglo y medio, caracterizado por su praxis revolucionaria.